Alonso Aguilar,  Crítica

Krabi, 2562: Mitologías de lo ordinario.

Detrás de su superficie intrascendente, la cotidianidad esconde vastos universos de significado. Puede que aparente ser poco más que una rutina trivial o un paisaje perecedero, pero quien observa con detenimiento siempre encontrará narrativas estimulantes en los más ínfimos detalles. Tal ha sido el caso a lo largo de la carrera de la cineasta tailandesa Anocha Suwichakornpong y del director británico Ben Rivers, cuyas singulares visiones creativas se traslapan en la misteriosa Krabi, 2562 (2019).

Los puntos de concordancia en las preocupaciones de estos artistas se han venido vislumbrando desde su respectiva aparición en la ecléctica escena de los festivales de cine de vanguardia (ambos favoritos de las selecciones oficiales de Locarno). Tanto Anocha como Rivers se han distinguido por osados cruces entre ficción y documental; ambos más interesados en explorar las posibilidades de ambos que en aferrarse a algún registro en particular.

En el caso de la filmografía de la asiática tal inclinación se ha reflejado en enigmáticos retratos de la llamada “vida común”. Si bien es su largometraje debut el que se titula Mundane History (2009), tal nombre no estaría fuera de lugar para describir el resto de sus trabajos, donde el intimismo observacional y la memoria histórica de los personajes se entrelazan de maneras sutilmente surreales. El londinense, por su parte, se ha enfocado más bien en las relaciones más primarias entre hombre y naturaleza, siempre evocando el poder transformativo de la segunda a través de juegos con las texturas del celuloide y un uso expresionista de las remotas locaciones donde filma (véase Two Years at Sea de 2011, o su trascendental colaboración con Ben Russell A Spell to Ward Off the Darkness). Acertadamente, Krabi, 2562 conoce tales fortalezas y se centra en un diplomático punto medio donde ambos tienen lugar para desenvolverse sin mayor discordia.

La película se centra en la concurrida comunidad de Krabi en el sur de Tailandia, donde directores extranjeros graban comerciales de bebidas, ilusos turistas se preocupan por comunicar que no quieren su comida muy picante y habitantes autóctonos relatan sus remembranzas de tiempos más simples. Sin una narrativa real de la que hablar, el largometraje se asemeja más a un tipo de retrato etnográfico; una recolección coral de los elementos que componen a una locación en constante estado de tensión entre líneas del tiempo. A través de entrevistas de tipo “cabeza parlante” donde se cuentan a detalle historias personales aparentemente intrascendentes, parsimoniosos planos enfocados en monumentos de antaño, y contemplativos viajes oníricos hacia la prehistoria, Suwichakornpong y Rivers colapsan el pasado, presente y futuro de Krabi, confundiendo los sentidos y sugiriendo lecturas sociales de manera más efectiva que cualquier subrayado argumental.

En el hipnotizante universo de 16mm que crean estos dotados cineastas no existe distinción entre mitología y realidad; las fronteras se difuminan, y los misterios y banalidades tienen la misma jerarquía, logrando la encomiable tarea de maravillar con aquello siempre ha estado frente a los ojos.

Nota: este texto fue escrito por encargo del CRFIC que iba a realizarse en marzo 2020. La película fue estrenada por Mubi internacionalmente en 2020.

País: Tailandia y Reino Unido. Año: 2019.  Dirección: Anocha Suwichakornpong y Ben Rivers. Productora: Electric Eel Films. Fotografía: Ben Rivers y Ming Kai Leung. Montaje: Aacharee Ungsriwong. Elenco: Siraphan Wattanajinda, Arak Amornsupasiri, Primrin Puarat, Nuttawat Attasawat, Atchara Suwan, Lieng Leelatiwanon, Oliver Laxe Duración: 94 minutos. Idioma: Inglés y Tailandés. Color.

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