Krineteca

Krineteca es la filmoteca digital donde Krinégrafo recomienda películas que considera de valor estético, temático o narrativo. A motivo de la novedad de estas obras (muchas que no tuvieron estreno en Centroamérica) y la falta de espacio en plataformas tradicionales,  damos la opción a nuestra comunidad de alquilarlas en colaboración con la plataforma Eyelet.

Con regularidad estaremos actualizando la página con nuevas ediciones de Krineteca, donde seguiremos curando una selección de películas que disfrutamos y que anhelamos poder compartir con ustedes.


Se ha debatido a lo largo de la historia del cine que tanto este arte tiene el potencial de transformar socialmente. Desde sus orígenes, las corrientes políticas han estado estrechamente ligada a su crecimiento como medio, ¿pero realmente algo ha cambiado por mirar una pantalla? Sea cual sea la consideración que se tenga al respecto, lo que es ineludible es el poder del cine como registro. Sean retratos psicológicos o emocionales que promulgan empatía o testamentos de descontento que inspiran movilización, quien enciende una cámara inmediatamente carga con una responsabilidad ante el mundo que lo rodea. 

En este nuevo volumen, nos inspiramos por el Día Internacional contra la Violencia de Género y seleccionamos dos filmes de tonos y formas opuestas que tienen como común denominador sus exploraciones de los efectos del patriarcado.

Mustang (2015) de Deniz Gamze Ergüven

A lo largo del tiempo, los hombres y las sociedades patriarcales han construido un sistema mediante el cual someten a las mujeres. Esto ha devenido en una separación de los roles según el género. También se han dado distintas luchas para romper con este sistema y buscar una igualdad, tarea que sigue siendo pendiente a pesar de los cambios. En este contexto, el filme francoturco Mustang, muestra con atroz verosimilitud el calvario que puede ser para las mujeres crecer en un ambiente restrictivo. La familia como institución es cuestionada, la casa habitacional es comparada con una prisión. El patriarca quiere lo mejor para sus hijas, esto es casarlas con quien a él le parezca la mejor opción, pero una mirada atenta permite ver cómo el patriarcado cala hondo en la sociedad, no se trata solo del padre, las miradas de los vecinos, la ira de la abuela, el desprecio de los vecinos; ese todo es un conjunto de limitaciones, una violencia estructural que merma la vitalidad de las protagonistas, esclaviza sus cuerpos y determina sus aspiraciones. Lo más visceral en Mustang es su honestidad, sirva su visionado para entender que el patriarcado es una enfermedad.

Jessica Forever (2018) de Caroline Poggi & Jonathan Vinel

En papel, Jessica Forever no parece el tipo de filme que suele compromoterse con temáticas sociales. Estamos hablando de un filme distópico de bajo presupuesto que comparte ciertas sensibilidades del cine B, pero detrás de esa fachada excesiva y violenta, se encuentra un potente núcleo emocional. En el filme, la Jessica protagonista (Aomi Muyock) es la líder de un grupo de hombres jóvenes reunidos a partir de sus pasados turbulentos y trauma emocional. En sus parajes desolados de decadencia urbana, Jessica y sus seguidores buscan crear una comunidad basada en el amor y la comprensión. Aún si a muchos de los chicos aún les cuesta dejar totalmente de lado toda expresión de masculinidad tóxica, Jessica está ahí, como figura materna, para guiarlos hacia su paz interior; una donde la violencia no existe y la harmonía es horizontal.


El grito ahogado en la palma de la mano, el crujir de la piel cuando es penetrada por una daga, la sangre en su denso carmesí bajando por el cuello. La primera reacción es el rechazo, un escalofrío que baja por la espina dorsal y obliga a quitar la mirada, pero rápidamente queremos que nuestros ojos vuelvan a la pantalla y no se muevan de ahí. Ansiamos apreciar en detalle cada apertura en el cuerpo y aberración de su estado natural. Algo nos mueve a lo interno y nos seduce. Algo irracional que nos hace cómplices del monstruo en pantalla. ¿Nos estamos viendo nosotros mismos? ¿Son nuestros deseos más oscuros materializados? Las preguntas para después, que ya viene la siguiente victima. 

Es el mes del horror, y decidimos dedicar las recomendaciones de esta Krineteca a la expresión quintaesencial del género: los slashers. Compartimos con ustedes dos idiosincrásicas expresiones de terror donde las barreras entre lo erótico y lo mortal se difuminan por completo en mundos de exceso, decadencia y colores vívidos.

Santa Sangre (1989) de Alejandro Jodorowsky

El característico delirio circense del cine del director de culto Alejandro Jodorowsky es canalizado a través de su afección por el cine de horror italiano en este sangriento retrato de una retorcida relación madre e hijo. Rebosante en iconografía profana y sin pudor alguno en apropiar temas tabú, Santa Sangre es un maridaje ideal entre las ocurrencias del controvertido cineasta chileno y las posibilidades que brinda el terror.

Un cuchillo al corazón (2018), de Yann González

Sin la distancia académica que profesan muchas cintas modernas que toman del giallo, Un cuchillo al corazón (2018) se sumerge a plenitud en la extravagancia neón y corporalidad invasiva de los clásicos de Mario Bava (Ecologia del delitto) y Dario Argento (Suspiria), pero el director Yann González no está satisfecho con solo hacer un homenaje. Su encarnizada oda a la industria del porno gay en los 70s incorpora muchos de los elementos camp kitsch que lo han caracterizado (junto al director Bertrand Mandico) como un revisionista del Cine-B, a la vez que su juego con la diversidad sexual y la fluidez de género le dan una cualidad queer notablemente genuina y muy propia.


Inmersos en la labor del día a día dejamos de ver los pequeños detalles a nuestro alrededor. ¿Esa grúa de construcción estaba ahí la semana pasada? ¿De dónde salió esa cafetería? ¿Por qué la renta está más cara que el mes pasado? Cambios sutiles se van manifestando en el velo de un segundo plano, y de un momento a otro, ya nada es como lo era antes. Cualquier sentido de identidad se termina de difuminar cuando caemos en cuenta que ya ni siquiera somos bienvenidos donde creíamos que estaba nuestro hogar. ¿Pero qué pasó? ¿Acaso no somos nosotros mismos? ¿Dónde quedaron los rostros que asociamos con este lugar? Bueno, no hay tiempo para pensar, hay que invertir el dinero del desahucio.  

En este nueva edición de la Krineteca llevamos nuestra atención hacia dos idiosincrásicos retratos del capitalismo tardío donde las vidas al margen son el eje central. Punzantes, poco ortodoxos y profundamente humanos, esperamos que ustedes también puedan encontrar algo que les mueva en estos largometrajes.

Still Life (2006) de Jia Zhangke

Los filmes del cineasta chino Jia Zhangke evocan su ira desde la sugerencia. Sin subrayado alguno, el desencanto que expresa se palpa desde los detalles que habitan sus encuadres. En Still Life, un hombre pasa en segundo plano con un bandaje en su cabeza, noticias de muertes en accidentes industriales se dan sin mayor entusiasmo, y anuncios de residenciales paradisíacos contrastan con la realidad de un pueblo demacrado que pronto será borrado del mapa. Hay un aura de melancolía que permea sobre todas las escenas. Un sentir de derrota colectiva donde todos parecen ser poco más que cuerpos ambulantes en busqueda de algún medio de subsistencia. Zhangke logra puntualizar el absurdo del expansionismo capitalista con mordaz humor negro y ligeros tintes surrealistas, pero lo que más termina por calar es lo escalofriantemente cercana que se siente la situación.

La Fábrica de Nada (2017) de Pedro Pinho

Hablar sobre la crisis económica y las medidas de austeridad europeas en papel no parece como un tema particularmente “cinematográfico”, pero el director portugués Pedro Pinho logra pintarlo de manera envolvente e imaginativa en La Fábrica de Nada. A través de una representación coral de los trabajadores pronto a ser liquidados de una maquila de elevadores y delirantes secuencias de absurdismo (incluyendo un memorable número musical), el filme deshilvana los tejidos más caricaturescos del neoliberalismo, y a la vez, captura con entusiasmo el paulatino proceso de descubrimiento de los obreros hacia el verdadero valor de su trabajo, y el poder que eso implica. 


Se puede hacer algún intento por tipificar, pero los mitos fluyen con ambigüedad y se traslapan con el día a día de forma insospechada. Aún sin saberlo, existen de manera atemporal, dialogando con la Historia y las narrativas personales por igual. Lo hemos visto de manera celebre en las vanguardias literarias y las expresiones pictóricas aquí en América Latina, pero desde el cine también se formulan experimentos únicos en torno al tema; visiones que solo pueden ser expresadas a través de la inmersión sensorial que significa ceder ante la imagen en movimiento. En esta nueva edición de la Krinéteca seleccionamos dos filmes latinoamericanos que más que representar sus mitos y leyendas, se deciden por personificarles de formas innovadoras.

Jauja (2014) de Lisandro Alonso

En el cine de Lisandro Alonso la poética no se busca como fin, sino que llega por la carga lírica que trae cada una de las imágenes. Los atípicos encuadres sumergen en una estasis donde los sentidos se liberan y el tiempo se dilata. El espacio físico se presenta como un pulso entre los espectros de memoria y la desesperanza de un presente difuso. En Jauja (2014), las ideas que nutrieron los cuatro filmes anteriores del director argentino llegan a su conclusión natural en una idiosincrásica amalgamación del western, el melodrama de época y el cine arte más contemplativo. De alguna manera, Alonso toma la pesadez metafísica y las cicatrices coloniales y las reconfigura en una fabula que ni por un instante deja de lado su capacidad de asombro.

Fausto (2018) de Andrea Bussmann

Una casa deshabitada, encantada, se transforma en una tienda; la persona que entra ve objetos que desea y, de repente, tiene todo el dinero que necesitaría para comprarlos. Luego, al salir, esa persona muere. Una anécdota, confirmada por fuentes múltiples o contada con la suficiente fuerza retórica, puede transformar una casa abandonada en un sitio de encantamiento, presencia diabólica o un aura sobrenatural. Así, en Fausto (2018), de Andrea Bussmann, imágenes sencillas de un horizonte en la playa, un señor sentado con su smartphone o una luz tenue en medio de un paisaje oscuro, son modificadas por lo que escuchamos: los relatos que algunos cuentan en pantalla, música o palabras enigmáticas dichas en voice over. Podemos dotar una misma imagen de incontables sentidos e interpretaciones. Fausto —producida por Nicolás Pereda, quien genera una similar tensión entre imagen y narración oral en su corto reciente Mi piel, luminosa, dirigido junto con Gabino Rodríguez— muestra ese potencial del cine para manipular nuestra percepción.


En el más reciente episodio de Krinégrafo Diálogos  alguien de nuestra audiencia preguntaba por ejemplos de películas donde la música tomaba el eje central y se utilizaba de maneras novedosas. En esa ocasión comentamos sobretodo con relación a los biopics de artistas y al cine musical, pero la consulta nos hizo pensar también en ejemplos donde la relación es igual de predominante en contextos quizás menos aparentes. Decenas de filmes utilizan el sentido de comunidad y la identidad que se forja alrededor del arte para explorar momentos históricos, o bien, retratar a personajes distintivos. La música, como subcultura, mantiene esa apreciación estética que tanto apasiona a todo melómano, y a la vez brinda un vistazo a los intrincados componentes sociales que están por detrás. En esta nueva doble tanda nos enfocamos en estas narrativas provenientes de contextos bastante contrastantes.

Las Marimbas del Infierno (2010) de Julio Hernández Cordón 

Hay películas cuyo mero concepto se torna tan irresistible que cualquier otro elemento se vuelve un agregado. Tal es el caso de Las Marimbas del Infierno, donde un joven Julio Hernández Cordón empieza a dar muestras de su idiosincrásico estilo al sumergirse en el peculiar mundo del Heavy Metal Guatemalteco underground. Como el resto de las obras posteriores del cineasta de Te Prometo Anarquía (2015), aquellos que viven en los márgenes de la sociedad tradicional son retratados con empatía y personalidad.

Eden (2014) de Mia Hansen-Løve

A muchos filmes situados en un momento especifico de liberación juvenil se les cataloga con el lugar común de «retrato generacional», y si bien es mucho más que eso, Eden es de los pocos largometrajes que genuinamente se gana tal apelativo. Sin urgencia alguna en términos narrativos, y dejando sus ritmos fluir según la atmósfera emocional, la joven directora francesa Mia Hansen-Løve logra envolver por completo en la esencia detrás del auge y caída del house francés. Así como en un instante un montaje puede plasmar la eternidad de una escena de éxtasis, al siguiente una elipsis puede dar un salto de décadas de esterilidad; exaltando con perspicacia el impacto duradero que puede tener un momento efímero, y la lucha que significa intentar replicarlo al menos una última vez.


Históricamente, los tiempos de incertidumbre han convertido al arte en un espejo de nuestras preocupaciones como sociedad. Sea através del escapismo necesario para respirar en medio del sofoco, o como una auto-reflexión que punza e incomoda, las expresiones creativas se encargan de ilustrar las implicaciones del entorno. En esta nueva edición de la Krineteca decidimos ver a nuestro alrededor y pensar en algún filme que nos haya señalado los cimientos quebradizos donde estamos parados. En vez de las ya tradicionales tandas dobles, nos decantamos por un solo largometraje que abarca con grandilocuencia novelística las visiones contemporáneas del apocalipsis.

Norte, El Fin de la Historia (2013) de Lav Diaz 

«El fin de la historia» a la que hace referencia el título de este filme del maestro Lav Diaz no tiene que ver con hecatombes globales o conspiraciones intrincadas. No. En el mundo del icónico autor filipino tales incidencias suceden a lo interno, en el inevitable corrompimiento del espíritu humano. Inspirada en las grandes novelas existencialistas de Fiódor Dostoyevski, y recontextualizando las encruzijadas morales con el ferviente sentir de urgencia política de Filipinas, Norte es un retrato de lo que sucede cuando se mira hacia el abismo y lo que se observa es un reflejo de uno mismo; una obra atmósferica y formalmente impresionista que no tiene miedo de discutir ideas radicales, injusticias sistemáticas y actos abominables.


En nuestro reciente episodio de Krinégrafo Dialogos conversabamos sobre Ya No Estoy Aquí (2019) y se mencionaron las maneras en las que la cinta tiene un acercamiento distinto a la idea de masculinidad que se suele asociar con un contexto violento. Para nadie es un secreto que a pesar de la sensibilización social e inclusividad que ha venido con las nuevas generaciones, todavía los pilares del machismo siguen sosteniendo gran cantidad de culturas y discursos. Por ello, decidimos aprovechar esta nueva iteración de la Krineteca para presentar dos filmes que aprovechan ocupaciones tradicionalmente hipermasculinizadas (como lo son la mano de obra pesada y los rodeos) y entornos rurales para deconstruir el arquetipo del «hombre rudo, estoico y distante».

Boi Neon (2015) de Gabriel Mascaro

En Boi Neon el director Gabriel Mascaro hace de la ruralidad brasileña el lienzo ideal para sus pincelazos expresionistas de luz y atmósfera. A través de una marcada contraposición entre corporalidades y deseos, la cinta hace de los detalles más cotidianos parte de la exploración psicológica de sus personajes. A Iremar la sociedad lo ha encasillado como un vaquero, pero sus sueños son de modista, y más que ser una anomalía, su caso refleja la realidad para muchos quienes sus aspiraciones terminan siendo una contradicción de su realidad. Este filme es un estilizado retrato donde desde una vida se reflejan miles de otras.

Western (2017) de Valeska Grisebach

El título del filme de Valeska Grisebach invita a pensar las quebradas búlgaras donde se sitúa la acción con el viejo oeste de Howard Hawks y John Ford. Meinhardt, su estoico pero bondadoso protagonista, es su versión contemporánea del vaquero de antaño, sin embargo, su enfrentamiento no será con tribus con sed de sangre o bandidos sadistas, sino con su propia inhabilidad por comunicarse, y el limbo existencial donde se encuentra.  Impregnando miradas y movimientos como si se tratara de una coreografía, Grisebach hace palpable en cada encuadre esa melancolía que carcome por dentro al personaje, pero cuyo exterior rudo se niega a vocalizar. Por donde se observe, la empatía rebosa. 


La doble tanda que Krineteca presenta este fin de semana busca dar un vistazo al sentido de asombro y a la imaginación que significa la mirada infantil en el cine. Históricamente relegada a representaciones condescendientes y reduccionismos, las maneras de retratar este periodo formativo han evolucionado con el pasar de los años, y si bien hoy en día los matices de esta etapa son de conocimiento general, rara vez se topan retratos matizados y genuinamente empáticos. Por ello elegimos dos filmes contemporáneos que entrelazan el entorno violento e intimidante que marca la psicología de sus niñas protagonistasn con el aura envolvente de cuento de hadas que proponen sus estéticas.

No soy una bruja (2017) de Rungano Nyoni

Para Occidente, el continente africano es más un territorio fantástico que real, al menos así nos parece desde las películas donde la acción sucede en esta región. Tarzanes, momias, faraones, por un lado; minas de oro, selvas y fauna exótica, por otro. Escenario de guerras o de aventuras. Sin embargo, son imágenes fetichizadas por el imaginario occidental. Por ello, I Am Not a Witch, de la directora zambiana Rungano Nyoni, representa una aproximación más auténtica a un contexto africano. En esta película la mirada de Shula, la niña protagonista, permite descubrir con nuevos ojos un país y unas tradiciones desconocidas, la narración bordea la fantasía de un cuento de hadas, pero sin dejar de lado la crudeza y el hostil contexto por el que Shula transita. Los idiomas autóctonos y la música crean una atmósfera hipnótica, la narración favorece lo simbólico como forma de experimentar ritos, supersticiones y emociones y, así, evita caer en un sentimentalismo colonizador, al contrario, lo representa de manera absurda.

Cómprame un revólver (2018) de Julio Hernández Cordón

El director Julio Hernández Cordón ha hecho una carrera a través de sus íntimos retratos de las subculturas urbanas (skaters en DF, bikers en San José) y los peligros que germinan a su alrededor. De cierta manera, Cómprame un revólver es la culminación de esta línea temática. Un film que pinta el desolado panorama de un mundo ya carcomido por completo por la violencia y el narcotráfico, y donde los frágiles destellos de esperanza residen únicamente el proceso de auto-descubrimiento de una precoz niña que debe encontrar sus propios métodos para luchar.


Para esta segunda doble tanda, Krineteca presenta dos obras que exploran distintos matices de la experiencia de ser mujer en el mundo contemporáneo. Recientemente en Krinégrafo Dialogos se conversó sobre Ema (2019) de Pablo Larraín, lo que instó a recordar algunos otros retratos de feminidad que construyen su libertad a partir de perspectivas singulares y una intrincada puesta en escena. Estas son visiones del lúdicas del audiovisual que recontextualizan cánones y  le dan un giro a consideraciones patriarcales sobre el deseo, la maternidad, la intimidad, y demás conceptos que suelen representarse como lugares comunes a la hora de poner a la mujer en primer plano. 

Las Buenas Maneras (As Boas Maneiras) (2017) de Juliana Rojas & Marco Dutra 

Con sus corrosivas recontextualizaciones del cine de género, Juliana Rojas y Marco Dutra han puesto el dado en la llaga de la desigualdad social en Brasil desde su estupenda Trabalhar Cansa (2011). Las Buenas Maneras es un paso más adelante en su idiosincrásico híbrido de indignación política y horror desenfrenado, donde tensión racial, clasismo, deseos prohibidos y licántropos coexisten en delirante harmonía. 

Un Bello Sol Interior (Un beau soleil intérieur) (2017) de Claire Denis

Entre sus múltiples experimentos con distintas tradiciones del cine, la constante en el cine de Claire Denis son sus evocativos encuadres de la corporalidad, y sus lúcidas exploraciones sobre la complejidad de las relaciones humanas. Un bello sol interior se inscribe en esta tradición de su filmografía, y a la vez le da un giro despreocupado que así como su protagonista Isabelle (Juliette Binoche), aparenta irradiar calidez y ligereza antes de mostrar la vulnerabilidad y las contradicciones que la hacen tan devastadoramente humana.


En esta primera edición centramos nuestra atención al cine asiático contemporáneo. Actualmente, nuestro compañero Yoshua Oviedo ofrece un recorrido por la historia del cine asiático a modo de taller, por lo que nos interesamos en brindar la oportunidad de complementar con un poco del acontecer actual de esta prolífica región del mundo cinematográfico. Como bien es sabido por nuestros seguidores (o quienes han visto nuestras selecciones de filmes destacados de cada año y de la década), en Krinégrafo tenemos gran afinidad por los ritmos distintivos, las mitologías envolventes y las idiosincrásicas formas de explorar la historia que suelen proponer cintas de maestros como Tsai Ming-Liang, Apichatpong Weerasethakul, Hirokazu Kore-Eda, Bi Gan, Wong Kar-Wai, Hong Sang-soo, Wang Bing, entre otros. Adaptándonos a la coyuntura y con el deseo que seguir compartiendo ante la ausencia del «gran evento del cine arte mundial», el Festival de Cannes, recordamos algunos de los filmes asiáticos que recientemente se han paseado por la Croisette y dado de que hablar en el microcosmos cinéfilo.

Ash is Purest White (2018) de Jia Zhangke

No sería descabellado argumentar que Jia Zhanke es el cineasta chino del milenio. Desde que cobró notoriedad gracias al estudio sociocultural que plasma Platform (2000), Zhanke se ha consolidado como uno de los directores asiáticos más confrontativos políticamente. Sus películas irradian indignación y descontento en sus crudas exploraciones de los bajos mundos y comunidades olvidadas de la China continental, y de cierta forma Ash is Purest White puede ser vista como la culminación de su estilo. Es una obra sumamente pulida en estética, con sus guiños a la tradición del cine de crimen (tanto el de Hong Kong como el noir occidental), y cuyo enojo subyaciente ebulliciona hasta afrontar a todo aquel que la ve.

Asako I & II (2018), de Ryusuke Hamaguchi

Así como Zhanke, Hamaguchi es un cineasta singular que traversa los círculos del cine arte con sus imaginativos juegos con el cine de género. En el gigantesco melodrama de sugerencias y sutilezas que es Happy Hour (2015), las 5 horas y 17 minutos de duración son utilizadas para recontextualizar en tiempo real la idea de «incidente», y dándole a la cotidianidad de las protagonistas el espacio necesario para hacer palpable los matices de sus decisiones, sus relaciones, y sus sentimientos. Asako I & II es notablemente menos ambiciosa en presentación, pero no por ello deja de lado sus subversiones. Los referentes al melodrama siguen presentes con un arco narrativo que utiliza una premisa de triangulo amoroso, sin embargo, Hamaguchi introduce también una vertiente ligera de ciencia ficción y de existencialismo Borgesiano (la idea del doble siendo fundamental) que permea la estructura elíptica de la cinta con un sinfín de momentos memorables y descargas emotivas.